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Birdman: La virtud inesperada del “has–been”

La virtud inesperada del “has–been”
La virtud inesperada del “has–been” (Especial)

Emmanuel Lubezki se dio vuelo como el genuino Birdman al que alude la peli de Alejandro G. Iñárritu y la fotografió completa en un soberbio plano secuencia, la virtud más discreta pero contundente de esta historia que no es una comedia, como dicen muchos, ni un relato de locura, sugieren otros, sino un drama moderado que sube y baja de tono para intentar la conexión con el temperamento narrativo del fabuloso Raymond Carver, escritor muy conveniente para respaldar el drama de un neurótico has–been (dícese de alguien que fue popular o influyente en una época y que aunque permanezca en los reflectores, tras la cima de su éxito le es imposible remediar la decadencia), un alma simple que se esfuerza por mostrar la verdadera dimensión de su talento, un loser que se nutre de otros losers y el alegórico punching bag de la petulante, esnob, arisca y caprichosa clientela de Broadway, esa que, dice Sam (Emma Stone), la hija rebelde del abrumado actor que guía la trama, siempre entra al teatro pensando en dónde se tomará un café después de la función: en efecto, para comerse al mundo desde las marquesinas de Manhattan no hay que ser un genio ni un esteta sino un hábil y conspicuo prestidigitador del escenario, porque lo que se busca ahí no es precisamente arte sino una efectiva mezcla de cultura y espectáculo. Al fin y al cabo, los grandes presupuestos reclaman descomunales taquillazos, las críticas pomposas en el Times o el New Yorker solo son puntos adicionales.

Érase una vez un tal Riggan Thomson (Michael Keaton), cuya fama warholiana se la debe al súper héroe Birdman que encarnó en producciones hollywoodenses de los años 90, que en el ocaso intenta llevar a buen puerto un montaje basado en una versión propia de De qué hablamos cuando hablamos de amor, el libro más célebre de Raymond Carver —sí, el mismo volumen al que el editor Gordon Lish le rasuró casi la mitad del texto antes de publicarlo en 1981—, y que en la brega de resurgir de las cenizas se enfrenta a una serie de revelaciones personales producidas por la gente que lo rodea, la gente que lo admira, la que lo quiere y la que lo odia, aunque Riggan se aborrece a sí mismo mucho más de lo que lo detestan otros, así es el ego herido por la caída fulminante.

Y es que si subrayamos la imagen del resurgir de las cenizas no fue por mera gratuidad sino por lealtad a la ficción de G. Iñárritu, ya que Birdman en realidad no se sostiene en la figura del súper héroe homónimo sino en el mito griego de Ícaro, el hijo de Dédalo y de Náucrate, el que se quemó por volar cerca del sol: el relato fluye a través de la conciencia de los éxitos pasados de este actor que no puede, ni quiere, deshacerse de una vez por todas del ser alado que le dio fortuna, un pajarraco hecho un furibundo alter ego que le dicta todos sus movimientos y le aconseja mantenerse lejos de sus enemigos potenciales que, dicho sea de paso, son todos sus allegados: Mike Shiner (Edward Norton), el altanero actor que lo supera en el escenario; Leslie (Naomi Watts), la insegura actriz que se apunta a la obra con la esperanza de triunfar en el “teatro de calidad”; Brandon Vander Hey (Zack Galifianakis), el productor que mataría a cualquiera por no perder un dólar; Laura (Andrea Riseborough), su joven novia, fémina voraz que lo vampiriza psicológicamente o Sylvia (Amy Ryan), su severa ex esposa.

Pero más allá de esta panda alucinante, existe una figura tenebrosa con la que Riggan tiene que lidiar aunque, en apariencia, le importe poco: Tabitha (Lindsay Duncan), la despiadada crítica del New York Times, a quien se debe el subtítulo del filme, “la inesperada virtud de la ignorancia”: en una breve disputa de bar, ella le anticipa el fracaso y lo amenaza con una reseña sanguinaria en el periódico porque, a sus ojos, Thomson solo es un ignaro mercachifle de Los Ángeles, un impedido para sentir a Carver en cuerpo y alma ya que del arte, lo que se dice arte dramático, mejor ni hablamos.

Decíamos al principio que la cámara de Lubezki es lo más resplandeciente en el periplo anímico y mental de Riggan Thomson y es cierto: esa lente se vuelve un ojo que transporta al héroe y sus secuaces de un lado a otro del opresivo teatro y del bullicio estrecho de las callejuelas neoyorquinas donde hombre y pensamiento se funden en la vida real y la existencia imaginaria, cuya plástica serenidad del encuadre inamovible, genera una extraordinaria empatía con el espectador. El estrés, la incertidumbre y los recurrentes mecanismos de evasión de Riggan se hacen nuestros, adoptamos ese anímico callejón sin salida que permite a G. Iñárritu explayarse en el trozo de poesía que aún posee su atrabiliario personaje: Riggan levita, explota su don de telekinesis, manipula a los otros con la mente, Riggan vuela. Y además de todo eso, Riggan se permite un disparate para cimbrar a la gentuza presumida de Manhattan (la crítica incluida).

Sin lugar a dudas, Birdman es la película más acabada de Alejandro G. Iñárritu (ahora firma así, ha reducido a una inicial el primer apellido de su crédito en pantalla quizá porque más de tres o cuatro gringos podrían relacionarlo con otro González de origen mexicano, de nombre Speedy): distanciado de los crucigramas freudianamente fatalistas que elaboró con Guillermo Arriaga (Amores perros, 2000; 21 gramos, 2003; Babel, 2006) y luego solo (Biutiful, 2010), la historia de este actor que, si bien, no es un prodigio de sosiego y lucidez al menos conjuga a la desdicha, la ironía y el sentido del humor, G. Iñárritu muestra que ahora sí se mueve a sus anchas en el plató para crear una pieza suprema en la que, incluso, deja que el espectador vuele con su imaginación. Y como a ese Riggan sumergido en el complejo e ingrato mundillo de Broadway, posiblemente a G. Iñárritu también le toque un punto adicional: si Birdman gana el Oscar tal vez se deba, en buena medida, a que el tema conmoverá a una importante legión de la Academia, la de los destripados, relegados u olvidados, la de los has–been. Si no, pregúntenle a Michel Hazanavicius, que en 2011 se hizo con el galardón a Mejor Película por El artista, un filme mudo.

Iván Rios Gascón

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