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Batman vs. Superman

PEPE EL TORO ES INOCENTE
Jairo Calixto Albarrán

En los viejos tiempos las historias de superhéroes eran simples variaciones sobre el mismo tema, desprovistas de complejidades que desembocaban en previsibles anécdotas que giraban de manera incesante sobre la misma tuerca del mismo debate acerca del bien, el mal y todo lo que hay en medio. En aquellos días habríamos matado por ver algunos laberintos y rompecabezas distribuidos en esas sagas. Hoy, cuando todo se ha vuelto al fin complejo y construido a fuerza de retruécanos, y esos personajes antes unidimensionales ahora están poblados de malestares existenciales, traumas tenebrosos y vidas oscuras, lo único que escucho es la crítica cinematográfica que pretende que todo sea como hecho por Kieslovski, y de los seudoexpertos que se trepan sobre un ladrillo de superioridad diciendo que Batman vs Superman, donde se derrama la acción y aparecen toneladas, es aburrida y sin gracia.

Algo absurdo. ¡Por Dios! Tenemos la oportunidad de ver la gran confrontación del murciélago y el kriptoniano, con la querida presencia del mismísimo Doomsday (aún me escuece el recuerdo de la muerte de Superman a manos de esta bestia que globalizara el estupor hace más de 20 años, aunque la frase de hoy supera a cualquiera de ayer: “Si el hombre no puede matar a dios, el demonio lo hará”), sin olvidar la presentación de la nueva Mujer Maravilla encarnada por la estupenda Gal Gadot, y el mayordomo Alfred encarnado por el maestro Jeremy Irons (un master apenas al nivel de Michael Caine en la trilogía deslumbrante de un intelectual admirable como Christopher Nolan), elementos que nutrirán una gran proyecto de Warner Bros. y DC Comics para emprender la gran batalla con Marvel y ¿aún así son capaces de quejarse?

No la frieguen. Llueven los atisbos, homenajes y guiños a las aportaciones modernizadoras del género de leyendas como Frank Miller, Brian Azarello, Jim Lee, Grant Morrison, Neil Gaiman, todo bajo la mirada superior del gran revolucionario en materia de novela gráfica, Will Eisner, el monumental creador de The Spirit.

En Batman vs Superman fuimos testigos, no solo de brutales batallas, sino de los daños colaterales en el ciudadano de a pie que ve cómo se le caen encima edificios, vuelan autos y tráileres sobre su cabeza y que, mientras aquellos titanes, esos dioses menores desatan sus poderes y vigores, los seres humanos apenas son hormigas bajo sus pies. Como los dioses grecorromanos, estos aprendices de héroes suelen olvidar a las criaturas que dicen proteger.

Acá el director Zack Snyder regresa a los orígenes narrativos que lo volvieron notable con su colaboración con Frank Miller en 300 (espartanos vs persas en las Termópilas), llevando a Clark Kent a niveles inesperados sobre todo para quienes siempre lo han considerado un ñoñazo: el chico de sangre kriptoniana educado en una granja, pero provisto de poderes con los que sueñan Putin y Donald Trump, y que debe confrontar no solo a un Lex Luthor hipster-egomaniaco-millennial-yuppie sino también a su alma que, una vez experimentada la veneración social por su heroicidad rampante (las sociedades modernas acosadas por sátrapas despiadados, criminales desquiciados y dementes hiperkinéticos exigen ser salvadas por seres superiores que puedan hacer lo que gobierno y estado no quieren hacer) pide con urgencia una terapia de choque con sobredosis de Xanax y baños de humildad.

Batman, esa alma atormentada, ese al que el Guasón ha denominado “monstruo” (este muchacho tan loco se reconoce como un catador de basiliscos, entre otras cosas), supera incluso su enésima encarnación en la insólita persona de Ben Affleck, que en un principio había parecido desastrosa. Ciertamente Bruce Wayne no es Deadpool, que carece de reglamentos y pruritos (su despiadado humor negro y ácida visión de la vida le permite eliminar con lujo de hiperviolencia y sin interminables monólogos maniqueos a sus enemigos), pero en esta versión le da vida a un Batman retirado como chavorruco en éxtasis, rencoroso y desmadejado por el síndrome de la envidia que le ha inoculado la presencia de Superman, que le ha venido a arrebatar toda su fama. Eso no se le hace a un millonario excéntrico.

Batman vs Superman es un ejercicio autorreferencial de una mitología que vive de sus extravagancias y que explora los demonios de unos héroes que han ejercicio su oficio sin mayéutica ni escolástica, sin más brújula que una moralidad y una ética que ya muy pocos obedecen y que están urgidos de un curso propedéutico de heroicidad.

Batman vs Superman es un enorme espectáculo que se construye desde nuestra formación en la edición semanal de sus historias y que desemboca en esta bestial maquinaria cinematográfica-mercadotécnica cuyo espectáculo cumple entreteniéndonos palomeramente y documentando nuestras necesarias evasiones.

Por supuesto Batman vs Superman está dotada de un montón de lo que podría denominarse científicamente como “jaladas”, pero en su descargo se puede decir que ambos personajes se presentan con máscaras y capas, ceñidos trajes de labor, para salvar al mundo de fuerzas inexplicables y malignas, así que es lógico que se den este tipo de excesos que son apreciables objetos de seducción y culto porque desafían a la aburrida y mezquina realidad, por muy sórdida que esta sea. 

Estoy seguro que hasta el más acérrimo de los críticos, que invocaron a Shakespeare para señalar histéricamente a Batman vs Superman solo para quedar bien con sus lectores, experimentaron en el cine ciertas emociones que tenían adormiladas a fuerza de tanto snobismo, pero no lo van a reconocer.

Nolan participa en la producción de este filme perturbador que es capaz de generar tanta diatriba y tanta polémica, tanto supuesto menosprecio y tanta exaltación de la fanaticada nerd. Por eso tiene para todos: tanto para el que se quiere abotagar de refrescos y palomitas como para el que necesita cierto desafío intelectual. 

Batman le pregunta a Superman: “¿Tú sangras? Lo harás”, muy comparable con el clásico “¿Por qué tan serio?”

Sí, ¿por qué tan serios si es solo otra película de superhéroes?

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