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Bárbaros barbudos

Barbudo
(Eduardo Salgado)

El domingo 17 de noviembre invité a comer una pancita a Maya Mazariegos y Pixhell Lowsky en El Gran Rábano (Víctor Hugo 72, colonia portales, DF). Al abrir mi cartera me llevé tremendo susto al no hallar mi tarjeta de débito. Como Delfín hasta el fin me jalé de los pelos y grité hacia el cielo: “¡No puede ser!”

Desde un tiempo para acá he estado perdiendo la tarjeta donde depositan mi pago religiosamente cada mes, reportándola, sacando una nueva y acudiendo a Cablevisión para informales del nuevo número de tarjeta, ya que me hacen el descuento directamente y no quiero que me corten ni el cable ni el teléfono. Regularmente la dejo dentro de un cajero automático.

La gente normal perderá su tarjeta una o dos veces al año, pero yo, Rafael Tonatiuh, me convierto en Tonan el bárbaro y en el banco ya me tienen clasificado en un apartado especial. La última vez que la perdí (hace un mes), en el departamento de Recursos Humanos de MILENIO Diario me dijeron que el banco me había bloqueado por mi sospechosa manera de perder tarjetas y que acudiera a la sucursal donde me abrieron la cuenta. En la sucursal me trataron como indocumentado en Arizona y me dijeron que llamara al centro de atención a clientes para que me dieran mi número de cuenta para realizar el trámite, pero por teléfono me dijeron que en la sucursal me lo tenían que proporcionar. Afortunadamente tenía el número apuntado en mi agenda (de otra vez que había perdido mi tarjeta) y logré tramitarla. Salí del banco con el estado de ánimo de un ex presidiario, prometiéndome a mí mismo no volver a pisar ese lugar.

Desde entonces me inventé una especie de mantra mágico para no extraviarla: al introducirla en un cajero automático, rezo: “Con Dios entras y con Dios sales”, y listo, pero por alguna artimaña del destino mi tarjeta no estaba en la cartera.

Hice un repaso de la noche anterior: Llevé a Mayita al estreno de la obra Águila Real, de Hugo Argüelles, dirigida por José Luis Mejía, donde Maya protagoniza a la Malinche (la obra se presenta todos los sábados a las 19:30, en el foro La Cura, Marcos Carrillo 356, esquina con Santa Anita, colonia Viaducto Piedad, DF, cerca del Metro Viaducto, hasta el 14 de diciembre, entrada libre. He aquí el evento por Facebook: https://www.facebook.com/events/1430129587201631/. Vayan a verla, está muy buena; les recomiendo llevar un abanico o un cartoncito para echarse airecito).

Dejé a Maya en el foro y pasé a un cajero automático de Coruña, ya que de allí nos desplazaríamos al restaurante de unos amigos de la actriz Cova Noriega, donde no sabía si aceptaban tarjeta.

Le compré un oso de peluche azul a Mayita y ocupé mi lugar en la función. La obra narra acontecimientos veinte años después de la conquista de México, cuando Isabel de Moctezuma cita a Hernán Cortés (Jesús Vázquez) y a su hija Leonor (Cova Noriega) para informarles dónde está enterrado el tesoro de su padre asesinado, la misma noche que decide detener a voluntad su corazón. En la reunión también se hallan Don Juan Cano (Adrián Escobar) marido de Isabel; Cuetzpal (Erick de la Cruz González y Axel Garmes), siervo indígena; la Maliche, primer amante de Hernán Cortés, quien le diera un hijo: Martín; despechada y aún delirante de amor por el conquistador, a pesar de sus crímenes y actos megalómanos.

Al terminar la función fuimos al restaurante ítalo-cubano-mexicano Mexita (Mérida 209, colonia Roma, DF), donde el Buen Fin se puso majo y degustamos, a precios módicos, deliciosas pizzas, hamburguesas, alitas de pollo y cervezas. Cotorreamos sobre la obra, brindamos y bailamos salsa, cumbia, tango y quebradita.

Mi tarjeta pude dejarla en el cajero, perderla en el restaurante (no recordaba si había pagado en efectivo) o, si la suerte me favorecía, me aguardaba dentro del bolsillo de mi camisa usada. Aflijido, miraba mi plato de pancita. Maya me dijo que dejara de comer y fuera de inmediato a buscar mi tarjeta, y si no la encontraba que la reportara, pues si alguien la encontraba podía pagar y hasta retirar dinero en la caja de un supermercado. Pixhell me sugirió que cuando sacara dinero, dejara la tarjeta guardada en un cajón, o se la diera a Maya en resguardo. Les dije que al terminar de comer, me acompañaran a mi casa a buscarla, y si la hallaba, les invitaba unas piñas coladas.

Manejando rumbo a mi hogar, pensé que el hombre alto y barbado que destruyó Tenochtitlan no era más bárbaro que yo, quien si me hubieran nombrado conquistador habría perdido cada carabela cargada de oro rumbo al viejo continente, logrando que la corona quemara mis naves, confinándome a un calabozo en Cádiz. En mi mente se proyectaba la abyecta imagen de mi persona entrando al banco, bajo las risas de los empleados, felices porque a los bárbaros se les niega el derecho al plástico, obligándome a formarme eternamente para retirar, como en los años setenta.

Entré a mi estudio, revisé mi camisa y allí estaba la dichosa tarjeta. Felices y juntos fuimos a Parque Delta para pagar mi manda con tan gentiles damiselas, y de paso comprarle un cirio a Quetzalcóatl, desde el Buen Fin 2013, santo protector de mis finanzas.

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