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Bailar es coser cuerpos con música

Clases gratis de baile.
(Karina Vargas)

EL ÁNGEL EXTERMINADOR
Karina Vargas

Durante el 8 y 9 de mayo se impartieron clases gratis de baile en el Centro Histórico, gestionadas por Casa Vecina, en un proyecto de la bailarina Tania Solomonoff, quien busca entender lo que sucede al danzar en comunión, esta es una crónica de lo ocurrido el primer día.


El cartel oficial presenta la lección de zumba como apertura para estos días de la “Gran clase-fiesta” de baile, son las diez de la mañana y la amenaza de otro día abochornado está latente. Veo una colección de ropa sport ajustada, en mayor medida a cuerpos femeninos que se agrupan alrededor de un cúmulo de piedra que sirve a veces de cama y otras de asiento para los indigentes que ahí residen, mientras aguardan intranquilas la hora de empezar con la misión del día: mover el bote.

Estamos en el terreno donde los asiduos a la pulquería La risa terminan cuando la cubeta de curado ha surtido efecto, en el cruce del primer callejón de Mesones y la peatonal Regina; callejuelas donde el sudor que se transpira se limita a ser vapor de chela, y no del que se percibirá con la práctica que empezará en pocos minutos.

El día transcurre con normalidad, los locatarios se alistan para empezar la jornada diaria y las cortinas se levantan al ritmo de las pruebas de sonido. El calentamiento ha empezado, tres flexiones por cuatro estiramientos obedecen a la necesidad de preparar el cuerpo.

Ha quedado lista la pequeña tarima de madera en la que Omar, uno de los profesores que Tania Solomonoff eligió en su búsqueda de “bailarines entrenados”, impartirá lo que él denomina "dance expression”. Los transeúntes han volteado hacia a las filas que se han formado frente al instructor y es evidente que la curiosidad se ha impuesto a su destino. Comienza la clase, en las bocinas suenan canciones de Ricky Martin otras del estilo “Pump it up”.

El frente de las oficinas de Casa Vecina, que a simple vista es una galería que hospeda el equipo de sonido, se ha convertido en una pista de baile abierta a cualquier público. “Oficinas” que van por diez años de ser una plataforma artística que igual han presentado temporadas de sonideros como seminarios de disciplinas culturales y ahora patrocina la residencia cultural de la argentina Solomonoff, quien  lleva poco más de veinte años asentada en México y quien describe su investigación como “la noción literal y metafórica del verbo coser (suturar, costurar o zurcir los bordes) y responde a la pregunta sobre qué existe entre un cuerpo y otro mientras danzan”.

La música se sincroniza con los pasos, las vueltas y los movimientos de cadera que ahí se observan; risas, gritos de ánimo, instrucciones y aplausos llaman a un público bastante peculiar, esos a los que el que el excandidato Lagrimita se refería en una de sus canciones como: “…un vagabundo es un hombre que va siempre/ de un lado a otro caminando por el mundo/ sin ambición, sin ansia, ni esperanza/ que no merece amor ni confianza”, y a los que en nada les acomoda la citada descripción, pues conforman el conjunto de asistentes que sin conocimiento previo del evento se han unido a la cátedra danzante; lucen dentaduras destartaladas y expresiones de alegría, sus pasos demuestran buena condición física y cumplen perfecto con uno de los significados de bailar que la RAE ofrece: retozar de gozo.

Platico con una señora que aprueba entusiasta lo que mira, afirma como varios de los presentes con los que he tenido contacto durante el rato que lleva la clase, que ese tipo de convocatorias deberían realizarse siempre y por todas partes del país, pues aclara que “el baile es algo que alegra al corazón”, y en conjunto miramos a una niña que desde lejos sigue la coreografía en medio de los que se limitan a mirar, contonear su cabeza o golpetear el piso con alguno de sus pies y sonreímos.

Leo que los profesores invitados de salsa, chachachá, danzón y zumba, fueron elegidos de los distintos salones circundantes a la zona, como el Salón Tropicana, el Salón Los Ángeles, el Salón Paraíso y el Fitness Express del Centro Histórico.

Vuelvo la vista a los danzantes y a juzgar por la humedad de las camisetas fluorescentes y sus rostros enrojecidos la clase está por terminar, centro mi atención en un tipo de playera verde que a pesar de su evidente condición sedada no rompe el compás y finaliza la clase a la par que los de al lado; se escucha una ovación por el tiempo ejercitado y los presentes huyen ávidamente de la insolación. Miembros del staff avisan que a las cuatro de la tarde reabrirán lecciones para los salseros y advierten que la formula se repetirá al día siguiente en el atrio de San Francisco al lado de la Torre Latino. Miro a mi lado, el bailarín de verde ha caído en un profundo sueño; claro, se cansó.


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