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Arde París

París.
(Karina Vargas)

“FRANCIA PROHÍBE LLAMAR A EMPLEADOS O ENVIARLES CORREOS FUERA DE SU HORARIO DE TRABAJO
Las organizaciones de empleadores junto a los sindicatos galos adoptaron una norma común que obliga a los trabajadores a apagar sus teléfonos laborales después de las seis de la tarde, así como a ignorar los correos electrónicos relacionados con su actividad en el mismo horario”.
BBC, 10 de abril, 2014.


Mientras Louisette aplacaba con un tifón las llamas que devoraban su departamento, Pierre, su marido, llamó por teléfono a la estación de bomberos. Eran las 5:55 PM. Le contestó Dimitri, el capitán.

—¿Aló?

—¡Por favor, vengan rápido! ¡Nuestra casa se está incendiando!

—Un momento. Voy por lápiz y papel para anotar la dirección.

—Como música de espera, sonó The Poor People of París, con Marjori Meinert.

—Ahora sí, dígame.

—¡Rue Cardinet 2034, casi esquina con Rue de Lévis!

—¿Algún número interior?

—¡El 15 bis!

—¡Oh! ¡Lo lamento, monsieur! Ya pasan de las seis y terminó nuestra hora laboral…

—¡Pero!

Clic. Tuuut… Tuuut… Tuuut…

Pierre volvió a marcar el número.

—¡¿Por qué me cuelga?!

—¡Ah vaya! Usted es de esos pedantes que se creen con derecho a gritarle a los empleados…

—¬¡No, no! ¡Yo soy fundador del Parti Radical de Gauche!

—¡Ya, ya, de esos acomodaticios que con la mano izquierda toman el Libé del quiosco mientras con la derecha sazonan les soupes identitaires.

—¡No tengo tiempo para oír sus tonterías!

—No me grite.

—¡Nuestra casa se está quemando!

Monsieur, usted está llamando fuera del horario laboral. Bastante hago ya con no colgarle el teléfono.

—Perdón. Nuestra casa se está quemando.

—Así está mejor. ¿Puede decirme por favor su nombre?

—Pierre Staquet.

—Escuche, monsieur Staquet, si vuelve usted a llamar en nuestro horario de descanso, ¡deseará que se incendie La Santé, que es donde lo mandará la cámara alta por violaciones al Contrato de Nuevo Empleo!

—¡Pero!

Clic. Tuuut… Tuuut… Tuuut…

Louisette, con media ropa chamuscada y el rostro lleno de hollín, lanzaba desesperadas cubetadas de agua hacia la lumbre inclemente, mientras Pierre, angustiado, llamaba al sitio de taxis más cercano para desplazarse hacia la estación de bomberos. Nadie le contestó. Louisette estaba por aconsejarle que enviara un correo electrónico, pero el fuego ya había devorado la computadora.

Encomendando a su esposa a Nuestra Señora, Pierre se desplazó en Metro, de Monceau a Couronnes. Tocó insistentemente la campana de la puerta, hasta que le abrió Dimitri, el capitán, mordisqueando una baguete de roquefort.

—¿Qué pasa? ¿Por qué tanto escándalo?

—¡Mi departamento se está incendiando!

—Qué contrariedad. ¿Cuál es su dirección?

—¡Rue Cardinet 2034, casi esquina con Rue de Lévis!

—¿Algún número interior?

—¡El 15 bis!

—Esa dirección me resulta conocida.

—Es por el parque Monceau.

—Claro, el magnífico parque construido por Felipe de Orleans, Duque de Chartes, en 1777, con diseño de Louis de Carmontelle.

—En realidad fue en 1778.

—Ah, vaya, usted es el típico germanopratino que toma el aperitivo en una terracita de Rue Monge, cuidándose de que todo mundo observe cómo llora y poniendo a la vista del transeúnte su carísimo ejemplar de la última edición de Rayuela.

—¡Por favor, no discutamos! ¡Mi casa se está quemando!

—Antes que nada, no me grite, que usted, aunque gaste sus euros en rentas elevadas, no es superior a mí.

—Perdone usted, monsieur bombero. La posibilidad de hallar mi casa calcinada me pone ligeramente nervioso y confundo las fechas. Tiene usted razón, el parque Monceau se edificó en 1777. ¿Nos vamos?

—¡Hombre, un año de más o de menos no es significativo! ¡Tantas cosas pueden pasar en un mes, como durante todo el periodo modernista!

—Decía Jean Luc-Marion que en una fracción de segundos un incendio puede abatir un imperio.

—Jaja, es una ironía, ¿verdad?

—Es usted un bombero sagaz, monsieur

—Dimitri. ¿Y usted es?

Monsieur Staquet, a sus órdenes.

—¿No será acaso usted el monsieur Staquet que llamó hace un instante en horas laborales?

—Llamó mi hermano gemelo; discúlpelo, sus nervios se turban ante la posibilidad de morir incinerado. ¿Podemos ir ya a apagar el incendio?

—Pues para ser fundador del Parti Radical de Gauche, su hermano gemelo tiene severos problemas con el tejido social que ha conquistado importantes derechos laborales.

—En realidad, tuvo severos problemas con Mitterrand.

—Supongo que no le gustó el salario social.

—¿A quién le gusta mantener clochards con nuestros impuestos?

—¿A quién le va a gustar apagar incendios de familias fascistas?

—Probablemente a ningún bombero liberal que se respete, pero que aun así sabe que recibir la notificación de un incendio en persona, aunque tenga su teléfono apagado, tiene la obligación legal, ética y existencial de cumplir con su deber, le guste o no, o tendrá que vérselas con su conciencia y con la prefectura.

—Sobre todo un bombero sensible, como Dimitri, que ocupa su tiempo libre en crear, imaginar formas novedosas para apagar incendios.

—¿Nos vamos ya, bombero que enciende pasiones?

—En Europa podremos ser apasionados, pero sobre todo civilizados.

—Como dijo Montesquieu: “Podremos diferir en nuestras preferencias políticas…

—Pero antes que nada está nuestro deber con la sociedad”. Solamente hay un problema.

—¿?

—Su domicilio corresponde al distrito XVII, nosotros únicamente apagamos fuegos de los distritos XI y XX.

Putain!

Connard!

Nique ta mere!

Ta gueule!

Cuando finalmente llegó Pierre a su domicilio, sobre el estribo de un veloz carro de bomberos, ya habían ardido los distritos VII, VIII, X, XI, XVII, y XX de París, y Louisette intercambiaba experiencias con Juana de Arco.

Rafael Tonatiuh

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