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Antoni Gaudí: el místico de la arquitectura

(Especial)
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EL ÁNGEL EXTERMINADOR
Verónica Maza Bustamante

     El 7 de junio de 1926, un hombre fue atropellado por un tranvía en el cruce de las calles Bailén y Gran Vía, a las afueras del templo expiatorio de la Sagrada Familia, en Barcelona. Era un anciano de barba sucia y ropa maltratada al que nadie quiso auxiliar. Antes de que muriera pidió auxilio, pero los taxistas se negaron a llevar a un pobre vagabundo al hospital. Horas más tarde, esos choferes tendrían que pagar una multa por no atender a un herido y el arrepentimiento se haría latente en ellos no sólo por el hecho de haber dejado morir a un ser humano, sino también porque se trataba ni más ni menos que de Antoni Gaudí, uno de los arquitectos más destacados de España, quien en esos momentos estaba desarrollando su obra cumbre, esa a cuyos pies fue arrollado.  

    Al viejo Gaudí no le gustaban las fotos y huía de los periodistas. Tampoco le interesaban las cosas materiales. Por eso podía pasar por mendigo y caminar por las calles de la ciudad como si nada, ejercitando, a petición de su médico, sus piernas atrofiadas desde su infancia por una terrible reuma articular.

    De hecho, esta enfermedad que lo llevó a la muerte de una manera indirecta, también hizo que desde niño se fijara en las formas complejas y extraordinarias que la naturaleza creaba en su reino. Las flores, los campos, el cielo, los animales, las piedras, las frutas... todo era, para Gaudí, una obra de arte, un mandala natural que hacía que se relajara y se olvidara a ratos de su malestar físico.   

    Otra de las cosas que provocó en Antoni Plàcid Guillem Gaudí Cornet —quinto hijo de un matrimonio arraigado en Reus, Tarragon— el interés por la plástica y la arquitectura fue el oficio de su padre, quien era calderero. La manera en que creaba objetos le llamaba la atención al pequeño Antoni, quien aprendió que las más novedosas formas se podían elaborar siempre y cuando tuvieran el soporte adecuado.

    En 1868, se trasladó a Barcelona para estudiar arquitectura. Aunque se tardó nueve años en terminar la carrera, en ese tiempo desarrollo no sólo un manejo de las formas y técnicas arquitectónicas, sino también un conocimiento especial de filosofía, teología, economía e historia. Aunque en esa primera época hizo fama de dandy, nunca renunció al contacto con las clases obreras menos favorecidas. Tras graduarse, inició con el proyecto que lo llevaría a muchos otros más: una casa para los trabajadores de la Cooperativa Mataronense. Este trabajo le dio fama y lo hizo conocer a quien fuera su mecenas: Eusebi Güell. Con su apoyo haría muchos proyectos más, como la decoración de la farmacia Gibert, el pabellón de caza de la familia Güel, la villa “El capricho” y el Palacio de Astorga, entre otras. 

    “El trabajo es fruto de la colaboración, y ésta sólo puede basarse en el amor”, solía decir, y por eso cuando en 1883 fue nombrado arquitecto del templo expiatorio de la Sagrada Familia, la obra que ocupó toda su vida y que se considera su principal realización artística, se volvería en el mejor de los jefes para todos aquellos que trabajaron a su lado.

    En los primeros años se ocupó de la construcción de la cripta (1883-1891) y el ábside (1891-1893), comenzando a trabajar con la fachada en 1891. Cada una de las cuatro torres (cuando murió sólo se había construido una) sería como un bosque “que reunirá al pueblo para alabar a Dios. Los pilares de la nave principal serán palmeras; son los árboles de la gloria, del sacrificio y del martirio. Los de las naves laterales serán laureles, árboles de la gloria, de la inteligencia. Sus formas helicoidales son infinitas, ascienden sin fin, como la eternidad; es como la vida espiritual de las almas que contemplan a Dios, Ser infinito”. A Gaudí le encantaba la palabra “expiatorio”, ya que decía que ese espacio se nutría de sacrificios personales para reparar a Dios por los pecados de cada uno y de todos, por lo que pedía limosna para seguir con su obra.

     Antoni nunca se casó. Luego de que una joven rechazara su propuesta de matrimonio, decidió dedicarse a su trabajo y a su amor a Dios. “La vida —decía— es una batalla; para combatir se necesita fuerza y la fuerza es la virtud, y ésta sólo se mantiene y aumenta con el cultivo espiritual, es decir, con las prácticas religiosas”. Quizá por eso, cuando el 11 de septiembre de 1924 fue llevado a prisión tras negarse públicamente, a sus 72 años, a abandonar la lengua catalana, en lugar de reclamar o sufrir se dedicó a auxiliar a los demás presos hasta que vio de nueva cuenta la luz del sol. El argumento que tenía al realizar este tipo de acciones era que nadie podrá ir al cielo por sus propios medios, sino que, para llegar, tenemos que valernos unos de los otros y, con el ejemplo de los santos (cuyas figuras se ven, una encima de la otra, en los ventanales de su templo), debemos de encaramarnos como en una especie de “torre humana”.

    El 8 de diciembre de 1921, Antoni Gaudí asistió a la bendición solemne de la primera piedra de la nave de la Sagrada Familia. En su mente estaba todo lo que faltaba por construir en el templo: esas constantes de la arquitectura gaudiniana, que iban desde una peculiar recreación del gótico hasta el gusto por las formas curvas y dinámicas, la aplicación a la arquitectura de técnicas de decoración artesanas (vidrieras, hierro forjado, muebles diseñados por él mismo) y su singular empleo de los mosaicos de fragmentos de cerámica de vivos colores, estilo al que Le Corbusier bautizaría como arquitectura orgánica moderna.

    Cuatro años y medio después, Gaudí se encontraría trenzando una lámpara para el Santísimo, sereno y meditabundo. Las cinco y media de la tarde le parecería una buena hora para visitar el oratorio de San Felipe Neri. Como era su costumbre, bajaría la escalinata del Eixample pensando en su bosque de metal, en sus vitrales multicolores, en sus palmeras de concreto. “Mientras yo vea que la gente se muere, más creeré en la inmortalidad”, pensaría una vez más. Y al cruzar la Gran Vía, descubriría que un tranvía lo llevaría hacia la vida eterna. Tan eterna como su obra.   

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