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Amok: El asesino del metro Balderas

EL ÁNGEL EXTERMINADOR
Daniel Vargas Parra


Para Slts

No sé bien qué era lo que estaba haciendo. Me llamó la atención justo porque lo escuché hablando solo. Después de balancearse con ansiedad, tomó una libreta y rayó torpemente las hojas.

El convoy ya se había demorado. El Metro venía lento y saturado como cada viernes y la gente comenzaba a amontonarse en los andenes. Se abrió la puerta y las almas amarradas a los tubos se defienden de la turba que, detrás de mí, violentamente colapsa el espacio. Pasa el apretón y el aire escasea, una voz emerge de una vieja bocina y amenaza que “la marcha del tren irá lenta”. La humedad recorre las carnes condensadas y el hervor pronto aplasta la membrana del sentido común. Intento leer pero no puedo separar el libro lo suficiente de mi cara para lograr sumergirme en sus letras. Doy un brusco empujón al hombre delante que con su bolso estorba mi lectura. Ahí lo veo otra vez. Esos ojos de punzón increpando voces silentes. El tipo que me inquietó antes con su soliloquio entonces me tira un manotazo en el brazo para calmar mi primera agresión. Me enardece su respuesta y contengo el furor de encajarle mi lápiz a mitad de la cara, me doy cuenta que el tren siguió su marcha y abre las puertas en la estación Balderas. Tiempo después, ya en casa, al encender el televisor, noto que ese sujeto, el compulso sicótico de los ojos de punzón, fue el protagonista de una masacre, la más violenta de la que se tenga memoria en el Metro de la Ciudad de México.

Grandes escritores como George Bataille o Stefan Zweig han estudiado el Amok. Se trata de un extraño registro sobre cierta práctica en comunidades indígenas malayas donde un nativo, a causa del calor y la humedad, desata una patología en estado de rabia que lo obliga a salir a las calles armado y asesinar a cuanta persona se le cruce hasta ser victimado por la turba, que reacciona rencorosa contra el homicida. Esto, según las crónicas de viajeros del siglo XIX y XX, era común entre los “salvajes”. Así, ante el signo del Amok, aquel día arde aún por debajo de los rieles.

Son las 5 pm de la tarde sobre el andén del metro Balderas. Un hombre se arremanga mientras saca de su sucia bolsa un plumón. Así comienza la inscripción sobre el muro de la estación en dirección oriente. Escribe torpemente:“Vamos México con engaños y perjuicios llevan a la nación al ambre (sic)”. Un policía, le encara para que deje de hacerlo. El uniformado le toca un hombro, el Amok da inicio. “Ya valió madres”—le grita el individuo, quien decide comenzar su acto de terror y desenfunda su revólver 38 especial. Seguro de su misión, el pintamuros le dispara en dos ocasiones; el policía herido intenta escapar pero la afrenta, para el pistolero, no se ha saldado: le tira el último disparo sobre la espalda, lo mata. La gente corre, el metro estalla de pánico y el asesino lanza miradas retadoras a los anónimos viajantes que le temen. El video captura cada gesto del trastornado sujeto. En cuestión de segundos ha amedrentado a la multitud lanzando tiros al aire y conjuras: “¡Este gobierno criminal de Felipe Calderón nos obliga a morir de hambre y sed por el calentamiento global de la tierra!”. Segundos más tarde, el pistolero vuelve a cubrir su arma con un polvoso pañuelo blanco. Será cosa del mismo segundo cuando, entre las masas aterrorizadas, una silueta emerge del anonimato en feroz ataque contra el homicida. Sin otro recurso que sus propias manos, el efímero héroe, lanza puñetazos y embiste al encamisado. Cuando están por caer ambos al piso, el pañuelo aquel devela de nuevo el cañón que escupe un certero disparo contra la frente del aventurado hombre. Veinte segundos duró la gesta, el herrero de Chalco perdió el combate y el amok ha sumado una muerte más al asesino.

   Varios timoratos rodeaban al matón pero al mirar a don Esteban, el retador albañil y herrero, caer desfallecido, huyen todos asustados. Luis regresa sorpresivamente tranquilo al interior del tren. La pistola sigue mirando desconfiada a los apanicados que se apilan sobre el piso y las paredes. Un silencio reza en el pasillo donde los cadáveres chorrean sus flujos todavía calientes. La cámara intenta enfocar al pistolero pero éste se ha guarecido bien y sólo se asoma un poco para amedrentar a quienes corren de vez en vez hacia afuera.  El tipo rompe el silencio de un grito: “Esto no es contra ustedes, Dios me mandó para luchar contra el gobierno que nos mata de sed y hambre”. Luego de su sentencia, el enviado de Dios detona nuevamente su arma hacia el techo mientras, a lo lejos, algunos policías comienzan a cercar el área e intentar evacuar el tren. Ante lo complicado que se torna la situación, el agresor no cesa de gritar. La cámara de video no escucha, mira en silente testimonio un gesto de rabia que dice más que los gritos inaudibles que expresa. Finalmente, luego de una celada armada por decenas de policías, es capturado.

Luis Felipe Hernández, el asesino del metro, fue un referente para una tipología del criminal en nuestra sociedad, una suerte de vengador multihomicida, fanático y convencido de sus actos. Un hombre frenético que soltó sus demonios contra la masa, contra todos y contra nadie a la vez. El caso, como pocos, quedó totalmente registrado ante el video, y recordado por decenas de testigos y víctimas. El tipo, fue un signo para la rabia colectiva. En el metro, ante un espacio de opresión, el calor que invade y obliga al escape, un Luis Hernández parece más una secuela, un efecto colateral, una presión liberada como estallido de un detonante remoto. El caso del criminal monstruoso es perfecto: un loco que despertó con ganas de matar, de acabar con todo lo que hasta entonces simplemente había soportado. Pero no. Ese monstruo es sólo un reflejo condicionado por pulsiones humorales de una sociedad en crisis, por “ambre”, por el “calentamiento global”, por las injusticias de un gobierno que margina y aplasta a la periferia para hacerla supurar desde el centro.

El Amok es inevitable en estas condiciones. 45 años del metro como alternativa de un transporte urbano limpio, eficaz, ordenado, económico y colectivo es sólo un discurso para nuestros funcionarios. A cinco años del siniestro y a año y medio del aumento considerable de tarifa no se ven condiciones para prevenir otro lamentable Amok, al contrario, cada vez somos testigos, presas, de más catarsis de lo cotidiano entre los andenes, en el sicótico Leviatán naranja.

vargasparra@gmail.com
@inmitros


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