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Amán: la blanca capital de Jordania

El Reino Hachemita de Jordania tiene una ciudad capital que brilla por ser el centro comercial, administrativo e industrial del país, pero también por la amabilidad de sus habitantes, la seguridad que se vive en sus calles y su extraña belleza.


Amán se escucha como suave melodía creada por el viento del desierto, como las entonaciones que, a través de altavoces, se oyen por toda la ciudad y a todo volumen cinco veces al día. Al melódico sonido de pequeñas flautas que tocan los vendedores callejeros, al fuerte sonsonete del árabe, ese idioma desconocido que se siente tan cercano, tan íntimo.

Las voces de los guías y de los viejos te cuentan que las primeras civilizaciones que poblaron esta tierra datan del periodo neolítico, seis mil 500 años antes de la era cristiana, llamándose en tiempos de los amonitas “Rabbath Ammón”. Después fue conquistada por los asirios, luego por los persas, más tarde por los griegos y finalmente por los romanos, aunque el reino árabe cristiano de Gasánida la vio florecer con el nombre que hoy ostenta. 

Así es Amán: una mezcla de olores, sonidos, sabores, imágenes, sensaciones que estimulan el espíritu y la curiosidad. Toda ella con edificaciones que, por ley, deben tener fachada de piedra, mármol o cristal de color beige, poco tiene en realidad de homogéneo. Es fusión de muchas culturas, de religiones diversas (aunque el islam es la principal, con un 90 por ciento de creyentes), de razas. Incluso en el imaginario del turista mexicano tiene mucho de las calles del Distrito Federal, de las carreteras de la tierra nacional, sus mercados, sus locales tipo Lagunilla, sus microbuses, la forma en que hay que regatearle a sus vendedores informales, el caos vial y mucho más.

A pesar de la sensación de estar en casa, Amán tiene algo que ninguna otra ciudad: huele a condimentos. A cardamomo y curry, a sumac, turmeric, clavo y koriander. A arroz largo de un color cercano al amarillo, al pollo más suave, al delicioso cordero, a ensaladas multicolores, a pan árabe recién horneado. A niños sudorosos que corren y dicen “selfie, selfie”, mientras se acomodan a tu lado para que los fotografíes. Al delicado perfume a jabón de algunas jovencitas con el pañuelo del hiyab resguardando su cabello pero no sus ojazos de color inverosímil.

Amán sabe a mansaf (cordero con salsa de yogurt) y muskan (pollo con aceite de oliva y piñones), a maglouba (carne con arroz) y sish kabab (cordero, pollo adobado). A hummus y tabulé. A café con cardamomo que deja un asiento en la pequeña taza para que puedas jugar con las formas que podría tener tu futuro. A comida del Levante. Al delicado sabor del té de menta y a su irrepetible combinación de alimentos. A comida elaborada con tus propias manos en la escuela de cocina Beit Sitti. Sabe a alegría.

En realidad es una ciudad joven: en 1921, el rey Abdullah I la hizo sede de su nuevo gobierno y poco después, capital de su reino. Fue en 1948 cuando comenzó a crecer por su apertura comercial e industrial, así como al aumento de los refugiados palestinos.

Situada en una región montañosa del noroeste de Jordania, en sus comienzos se estableció sobre siete colinas, pero hoy en día ocupa un total de 19. Por eso, Amán se siente como un subibaja de dunas que en realidad son casas albas, mezquitas y baños turcos, puestos de jugo de caña de azúcar, museos, rotondas, centros comerciales, grandes hoteles, restaurantes, monumentos y vestigios del paso de griegos, romanos y asirios.

Amán se ve caótico en su Centro, lleno de autos, de camionetas tipo micros chilangos donde las nenas se sientan con las nenas y los nenes con los nenes. Los hombres con kufiyya (hattah o pañuelo tradicional de Oriente Medio) o sin ella, con barba o sin barba, de ojos oscuros como olivas negras, de color miel como los árboles del desierto o de un verde casi azul parecido al del Mar Rojo, le dan colorido a los locales, se miran regateando, gritando con un tonito que nos lleva de vuelta a casa. Pero estamos aquí, en Jordania, donde cenaremos en un local de la Rainbow Street, esa calle que es una muestra del Amán moderno, cosmopolita, donde parece que todo mundo camina seguro, donde las diferencias de género se desdibujan, las opiniones de sus habitantes te cambian el concepto, el cálido clima te invita a caminar.

El primer punto en Jordania comienza rompiendo esquemas. Parece ser que después de un viaje a estas latitudes, el visitante abierto a la comprensión de nuevos mundo entenderá que su visión de Oriente Medio cambiará por completo y para siempre tras pisar este suelo musulmán. La silenciosa Amán lo presiente de madrugada. Se queda paralizada hasta que el siguiente rezo la despierta y, de una manera sorpresiva, tranquiliza a quien la habita.

VERÓNICA MAZA BUSTAMANTE

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