QrR

'Alien' que no es como tú

Alien
(Ilustración: Apache Pirata @Ondafuzoo.Com)

H.R. Giger, juzgado por su estilo de vida, era fundamentalmente alternativo. Nada de lo que era extraño, dudoso, provocador, controvertible, mítico le era ajeno. Parecía ser producto de un delirio del conde Lautréamont, una orgía en el castillo Bathory, producto de una encerrona con modelos andróginos en un clóset de la factoría de Karl Lagerfeld, justamente abducido por unas criaturas babeantes, desmadejadas, pero perversas extraídas de un contubernio entre Lovecraft y Moebius.

Por eso resulta grotesco que, en vez de que una insólita persona de su categoría, creador de una de las más míticas y aterradoras bestias de la historia cinematográfica (el aerodinámico, despiadado, babeante, ambicioso, versátil y porfiado Alien que se desliza pendenciero y enigmático en el Nostromo del master Ridley Scott), encontrara la muerte de una manera original. Quizá siendo masticado por algún titán Heavy Metal o extraviado irremediablemente en el éxtasis de un ritual satánico a lo Aleister Crowley o secuestrado por los cancerberos de una secta senegalesa adicta al calostro o cuando menos descuartizado por extraterrestres de una galaxia cursi. Pero no, seguramente ajeno a sus planes retorcidos como las piezas artísticas que forjaba desde sus demenciales teorías ciberpunks, H.R. Giger falleció a causa de un accidente doméstico que no podía ser más vulgar.

Eso, antes del último suspiro, debió atormentarlo más que la aparición de su fino basilisco, en buena medida inspirado en las elucubraciones fantásticas de Jodorowsky, su mentor,  en una batalla insulsa y ordinaria con el Depredador.

Es como si Godzilla fuera derrotado por un chihuahua de Beverly Hills y terminara destazado en un rastro de Atlacomulco.

H.R. Giger es producto de la postrevolución industrial, de la paranoia de la guerra fría, del surrealismo tomado de la mano de Salvador Dalí en su conocida personalidad de Ávida Dollars. Es consecuencia de experimentaciones y aperturas mentales, de confrontaciones bárbaras con lo establecido y la renuncia a toda forma de convención social.

Un alienado y un alienígena porque el reino de H.R. Giger no era por su naturaleza baudeleriana de este mundo. Un espíritu retorcido, pasajero eterno de la nave de los locos, del bateau ivre, deliberadamente impuro, que no se sometía a ninguna norma que no partiera de la exacerbación y el derroche de lo imaginario.

Por eso sus creaciones, sus diseños, sus piezas artísticas, que descansan, muchas de ellas, en el museo que lleva su nombre, parten de un territorio heredado de la robótica, las blasfemias tecnológicas que terminan por desembocar en la biomecánica puesta al servicio de un hedonismo sadomasoquista de acero inoxidable que reta a dioses y biblias, que somete a las carnes trémulas a toda suerte de suplicios en aquella geografía poblada de engendros y demonios espaciales que se adhieren con rigor a un laberinto de tuberías y trucajes hundidos en los pantanos de lo obsceno.

Para H.R. Giger lo sagrado tenía sentido porque podía ser violentado como cualquier tarde en un espectáculo de Maldoror. Lo suyo era lo grotesco pero en versión estilizada, el glamour aleatorio y protopoético de cadáveres, huesos, esqueletos y osamentas. Paisajes bruñidos de escoria motorizada, penesautómatas, senos pulimentados y high tech para una sexualidad extrema e industrializada, extraídos con toda probabilidad de un viaje en ácido con su amigo Timothy Leary.

Animal proscrito pero ávido de arte (hasta esa banda recalcitrante Dead Kennedys le rechazaron una portada para no ser acusados de inmorales), todavía volvió a trabajar con Ridley Scott en la precuela de Alien, la intoxicante Prometheus, donde construyó escenografías descarnadas, aerodinámicas, alegóricas y churriguerescas pobladas de delirios y pesadillas.

Hans Ruedi Giger se asiló en la oscuridad y allí, agazapado en la maleza, disfrutaba de ver cómo las buenas conciencias se estremecían con sus creaciones, cómo cada una de aquellas almas perdían su inocencia y sensatez ante aquellos agresivos y sacrílegos laberintos que emanaban de su mente como aliens del abdomen de un astronauta.

Jairo Calixto Albarrán

< Anterior | Siguiente >