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Adiós al 'Kilómetro de cañería'

Profesor Jirafales
(Ilustración: Waldo)

EL ÁNGEL EXTERMINADOR
Guillermo Guerrero
@guillermo_ga

En torno a una mesa rectangular, cubierta por un mantel azul, una pared monocromática y sin más escenografía que un marco de pintura vacío, cuatro personajes se reunían a contestar las supuestas preguntas que mandaban los televidentes. Eran el Ingeniebrio Don Ramón Tirado Alanís, que tomaba licor de su propio dedo; Mococha Pechocha, la despampanante chica que leía los mensajes de la audiencia y que la mayoría de las veces tartamudeaba al hablar; el Doctor Chespirito Chapatín, tierno pero lujurioso viejecillo desesperante al extremo; y siempre del lado derecho, con su pierna cruzada, elegantemente vestido con corbata y un puro en la mano ­—que se fumaba durante el programa— estaba el Maestro Don Rubén Aguirre y Jirafales. El año era 1968.

El programa se llamaba Los supergenios de la mesa cuadrada y tenía el formato de la época, inadmisible para este momento de ediciones relámpago y estética de youtubers: comenzaba con algunos sketches muy parecidos a los que recordamos de La carabina de Ambrosio, y que después heredarían y repetirían hasta la saciedad cómicos como Héctor Suárez o Anabel Ferreira. Los cuatro actores intercambiaban papeles para interpretar policías, enfermeros, ladrones, niños o lo que pidiera el libreto. Posteriormente vendría el momento cumbre, con la presentación de los cuatro amigos alrededor de la mesa.

Roberto Gómez Bolaños y Rubén Aguirre eran buenos amigos cuando decidieron hacer este segmento que comenzó como invitado en otros shows televisivos, pero que por su popularidad obtuvo pronto su independencia. Los chistes eran muy básicos e inocentes, del tipo “¿cuántos chinos hay en China?”. Contrataron a Ramón Valdés, quien era un buen actor de soporte y como atractivo femenino tenían a María Antonieta de las Nieves, que aparecía con un look de chica yeyé y que nos hace preguntar cómo fue que la dejaron vestirse como la zarrapastrosa Chilindrina. Por algo la llamaban pechocha.

Fue en este programa donde nació el Profesor Jirafales: siempre de mal humor, con su bigote tupido y regañando a todos. Usaba muletillas como su famoso grito de “Ta, ta, ta, ta, ta” golpeando el escritorio. Rubén Aguirre venía de tener su propio programa en el norte del país llamado “El Club de Shory”, apodo obtenido por su altura (shorty, como obviedad) y en donde ya trabajaba con María Antonieta; de hecho, en los créditos iniciales de Los Supergenios le dan el crédito de “Rubén Aguirre, el Chory”. Cuando se canceló, después de muchos cambios, todos los actores buscaron oportunidad en otros medios (como actores de doblaje o apariciones breves en películas) pero a Gómez Bolaños le quedó la espinita de tener su propio espacio: poco tiempo después se decidió a hacer dos programas en torno a él mismo, ya crecido como guionista y actor de comedia. En 1971 se estrenaron Chespirito y El Chavo del Ocho en donde podía dar rienda suelta a sus guiones y personajes que ya habían sido probados en shows anteriores, sobre todo en los Supergenios: el Chómpiras, el Chapulín Colorado, Chaparrón Bonaparte o el Doctor Chapatín.

Resultaba lógico que Chespirito le diera cabida su amigo Rubén en el show, aunque su nombre se redujo a Profesor Jirafales (dato de trivia, su nombre de pila en el Chavo del Ocho era Inocencio). También siguió trabajando con Ramón Valdés y con María Antonieta. Pero necesitaban más actores: Aguirre recordó que había trabajado con un joven llamado Carlos Villagrán cuando tenía el Club de Shory, en donde interpretaba a una no tan tierna viejecilla llamada Lola Mento y que en ese momento trabajaba para Enrique Guzmán. Para presentárselo a Bolaños, hizo una fiesta en donde junto a ambos comediantes; Aguirre y Villagrán hicieron un pequeño numerito para amenizar la tertulia en el que el Carlos inflaba los cachetes y hablaba con voz tipluda. Chespirito quedó convencido: de ahí nació Quico.

La popularidad del Maestro Longaniza no fue tanta como la de La Chilindrina o Don Ramón (que son ídolos en Sudamérica, aún en estos tiempos) y quienes protagonizaban la mayor parte de los episodios de la primera larga temporada del Chavo, que duró desde 1971 hasta 1978 con la salida de Villagrán. Rubén era un personaje de soporte con una entrada a cuadro magnífica, en la que caía enamorado siempre de Doña Florinda, con un ramo de flores en la mano y que aceptaba sin dudarlo una tacita de café al grito de “¿no será mucha molestia?”. Vayan ustedes a saber qué pasaba en el departamento de la mamá de Quico cuando se cerraba esa puerta. Sin embargo su momento cumbre era cuando aparecía en el salón de clase con un montón de niños que no eran más burros porque no eran más grandes (casi todos, porque los que aparecían a la mitad del salón como relleno nunca hablaban, así que no sabemos si eran los listos). El Maestro Longaniza enseñaba de todo, desde geografía hasta aritmética. Y muchas veces era el encargado de dar el discurso motivador y moralino para que el público televidente quedara enternecido con el buen corazón del gigantón.

Y es que Aguirre tenía una gran cualidad física: era alto. Altísimo, con sus dos metros de estatura y su voz ronca que le confirió un carácter de autoridad, por lo que sus papeles siempre fueron el de poner orden en las situaciones absurdas: lo mismo un maestro que un policía; un entrenador de futbol o un cura. Rubén Aguirre fue una figura que imponía respeto: tal vez, su peor papel fuera el de Lucas Tañeda, en donde era el chifladito más cuerdo y que tenía que justificar las acciones de Chaparrón Bonaparte, aunque el mismo Aguirre declaró que en este papel no tenía ingerencia alguna en los libretos sino que se ceñía a lo que escribiera Roberto Gómez. Era el amigo más querido y el único respetado por los mocosos de la vecindad. El único que le daba batalla era Don Ramón, pero a él le perdonamos todo por irle al Necaxa.

Rubén Aguirre murió el 17 de junio pasado, en Puerto Vallarta, en donde pasó sus últimos años. El ferrocarril parado, el kilómetro de cañería, el Manguera de bombero fue un hombre que hizo de todo: torero fallido, actor de teatro, productor, cirquero y hasta ingeniero agrónomo. Sin embargo, fue sin duda el profesor más querido de toda Latinoamérica, a pesar de que fumaba en clase, gritaba, jalaba cabellos, le pegaba a los niños, soltaba coscorrones a los adultos, le hacía bullying a Ñoño y andaba con la mamá de uno de sus alumnos. Un maestrazo como los que ya no hay.

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