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Adiós, princesita

Shirley Temple
(Guadalupe Rosas)

Radiante de carisma, Shirley Temple pasó los años treinta iluminando desde las pantallas de plata a los deprimidos estadunidenses que iban por centenas a verla sonreír, mover sus ricitos rubios y bailar claqué como si fuera una experta.

Y que no los engañe ese aspecto angelical: Shirley Temple era una experta.

De que lo fuera se encargó su mamacita, Gertie, que veló siempre por los intereses de su cachorra (y de la familia, convirtiéndola en la principal proveedora de pan en la mesa en tiempos difíciles) y fue la creadora de esa imagen que aún hoy pervive: los ricitos rubios, la sonrisa deslumbrante. Algo ayudó que la niña fuera genuinamente simpática y dulce, lo que se tradujo en que fuera la más grande en su tipo —que nos perdone Drew Barrymore, aunque ella sería la primera en reconocerlo— y, sobre todo, mal que le pese, la que tuvo una vida mejor ajustada en su edad adulta.

Descubierta en 1931, apenas con tres añitos, Shirley dio muestras de un talento único para plantarse ante la cámara. Donde, gracias a la enorme popularidad de los cortos de La Pandilla, surgió la figura de la estrella infantil, numerosas madres obcecadas llevaban a sus engorros a audicionar a la RKO o a la MGM o a la Paramount, y solo eran fardos sin gracia paralizados ante la lente, la pequeñuela fue una sensación desde el principio; así fue que tras firmar un lucrativo contrato con la Fox (antes de que ésta se mezclara con la 20th Century Pictures) protagonizó al lado de grandes figurones como Gary Cooper, Carole Lombard y Fred Astaire; era tal el fenómeno de su popularidad, que incluso fue invitada a la Casa Blanca por Franklin D. Roosevelt y su mujer, la formidable Eleanor, y hasta un coctel (sin alcohol) hecho a base de granadina y Ginger Ale, se bautizó en su honor.

Convertida en un símbolo nacional, con películas cada año, muñecas con su efigie, cómics, cuadernos para colorear, discos (merchandising primario del que Gertie Temple y familia recibían una buena tajada), la Shirley tuvo un paso más o menos liviano a la adolescencia, aunque no estuvo exento de desencantos: en 1938, cuando tenía diez años, anhelaba poder protagonizar El Mago de Oz, la producción de Louis B. Mayer, pero Daryl Zanuck, el todopoderoso de la Fox, dijo que nanay de prestarla a otro estudio, y eso convirtió en superstar a Judy Garland (que acabaría volviéndose una pastillófila de cuidado por esto). Sin embargo, tuvo su compensación: fue la protagonista de La princesita, su primer filme en technicolor, que fue un exitazo (años después, el mismísimo Alfonso Cuarón debutó auspiciosamente en Hollywood con un remake de esa cinta) y de pilón, Salvador Dalí la utilizó como imagen central de un controvertido cuadro (Shirley Temple: el más joven y sagrado monstruo del cine) en el que aparecía la cabeza de la rubilinda prepúber sobre el cuerpo de descomunal felino salvaje, misma que develó en New York en 1939 para azoro y escándalo a nivel internacional (nota bene: a la Shirley le gustaba el cuadrito, by the way, y una vez hasta quiso comprarlo).

Para 1943, en plena Segunda Guerra Mundial, la Shirley ya era una quinceañera y veía poco a poco menguar su estrellato. Ya no podía ser Heidi o Susanita en las montañas, así que decidió probar suerte con David O. Selznick en filmes donde pudiera ser más madurita. El único resultado notable fue El solterón y la menor, fina comedia en la que apareció con Cary Grant. Por esas fechas, conoció a John Agar, un piloto de reserva metido a actor (salió en Tarántula con Leo G. Carroll), con el que se casó a los 16 años y el matrimonio no duró mucho: él le pegaba y ella no se dejó. Agarró sus macundales, a su hija Linda Susan y le aplicó el divorcio.

La cosa, sin embargo, no fue tan sórdida. Al ver que su carrera ya no funcionaba, la Shirley renunció a Hollywood y se casó con el avezado hombre de negocios Charles Alden Black y con él tuvo dos hijos más y un matrimonio feliz y bien avenido, hasta la muerte de él en 2005.

Lejos del estrellato, la Shirley, ahora conocida como Mrs. Shirley Temple Black, siguió con una labor pública en el ramo de la política (aunque a Eleanor Roosevelt le hubiera dado una embolia de saber que le entró alegremente a las filas del Partido Republicano) conservadora, fungiendo como embajadora de Estados Unidos en Ghana y en la República Checa, en las administraciones de Gerry Ford y George Bush padre.

Bienquerida por todos, simpática, valerosa (se enfrentó al cáncer de mama en 1972 y ganó), la Shirley se convirtió en leyenda en su propia vida, pero pudo separarlo de su vida real, para a diferencia de tantos trágicos niñitos que se queman al no poder seguir brillando, ser una persona sensata centrada y muy racional, que disfrutaba a veces de ver sus viejas películas por televisión.  

Miguel cane

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