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Adiós, 'my love', adiós. Bowie detrás de Bowie

Bowie
(Blumpi)

EL ÁNGEL EXTERMINADOR
Verónica Maza Bustamante

¿Qué puedo decir o escribir sobre David Bowie que no haya sido dicho antes de su muerte? ¿Cómo hablar, sin que tenga que repetir lo escrito en innumerables portales de internet apenas tres minutos después de haberse dado a conocer la noticia de su fallecimiento, de su inmenso talento, de sus discos y canciones, de sus producciones musicales, del asombro de su voz, de las películas en las que actuó, todos los instrumentos que sabía tocar, lo que escribió, de su obra plástica, de sus personajes, su manera de expresarse mediante la moda y esa enorme capacidad para transformarse a cada rato? Quizá podría narrar mis anécdotas personales en relación a su ser y su labor, pero creo que eso sería material para mi columna o las redes sociales. Me rehúso a hacer un recuento más de su vida. A hablar sobre sus matrimonios, ligues y excesos.

Despierto —tras saber en la madrugada de su cáncer, de su despedida— con una melancolía extraña adosada a mi ser. Escucho "Space Oddity" y pienso que la muerte de aquellos que queremos y/o admiramos nos hace percibir la finitud de la vida que tenemos. Veo el time line de Twitter. Quizá más que el chisme del momento (aquel del triángulo HMH Joaquín-Kate-Sean), lo que unifica comentarios a escala internacional es el deceso del rubio de ojos bicolor. Somos seres sociales, y para poder coexistir medianamente a gusto en comunidad necesitamos que aparezcan personas como Bowie que nos hermanen, que nos hagan sentir que es bueno estar aquí y ahora, que no es cierto que todo tiempo pasado fue mejor ni que el futuro nos espera, pues durante las casi cinco décadas que el Duque Blanco acompañó en la travesía de eso que llaman vivir a su público —tradúzcase como un chingamadral de personas—, éste aprendió a ver el mundo y su realidad individual a través de las canciones de David, que siempre reflejaron etapas de la historia musical de la humanidad que le tocó, sentimientos, exploraciones, innovaciones.

Es curioso lo que sucede cuando muere alguien que ha marcado época y cambiado la vida de millones de personas a través del arte. Es un dolor impreciso. Los no-fanáticos hablarían de exageración, los políticamente correctos de que se debería estar pensando en la realidad nacional y no en el final de un músico, tal vez porque es difícil explicar esa sensación de viudez (como digo yo, que tenía pensamientos impuros hacia el inglés) o de orfandad (como dicen otros) que deja la noticia. Entiendo, contemplando los muros de Facebook, que tiene que ver con el entusiasmo que genera acercarse a la producción de alguien que jamás tuvo pruritos ni trabas al explorar su ámbito, el mundo y su ser; con esa adrenalina que causa ser partícipes de un milagro cotidiano que podemos repetir cuantas veces queramos a través de canciones. Ya lo dijo el neurólogo Oliver Sacks: la música es capaz de provocar emociones profundas e inexplicables que a menudo carecen de imágenes claras pero que nos hacen dar gracias a quien quiera que sea el o la responsable de que exista este universo y estemos en él. Bowie, al igual que Sacks, siempre fue un ser sensible, un animal pensante que comprendió, o se adentró, en la belleza de este planeta sabiendo que la aventura de explorarlo es un gran privilegio. Eso lo percibimos los escuchas de David en un nivel básico, primitivo y misterioso que nos lleva a condolernos por la revelación de que no habrá más material nuevo de este genio que, al menos, se fue dejando un flamante disco para examinar durante años.

Mientras escucho el Outside, probablemente uno de sus álbumes menos conocidos o recordados debido a la novedad sonora que representó en su época y su temática incorrecta, descubro que en su biografía en español en la Wikipedia hay un apartado titulado "Orientación sexual". Varias notas luctuosas hablan de "su ambigüedad sexual". Han tachado a Bowie de bisexual, de homosexual de clóset, de heterosexual confundido y de loquillo, pero él mismo reconoció que lo suyo era "más una compulsión por burlar los códigos morales que un verdadero estado biológico y psicológico del ser". Es decir, vivía ese tipo de bisexualidad que la sexóloga Rinna Riesenfeld llama "experimental". Le tocó gozar, en su juventud, de las posibilidades que su entorno ofrecía: libertad sexual, posibilidad de probar de tocho y sin medida, apertura mental (y corporal) propia y de otros. ¿Cómo le iba a decir que no a todo eso alguien que exprimía lo que le rodeaba en la búsqueda de una experiencia que se convirtiera en legado o en una simple, momentánea y enriquecedora transgresión? Un hombre, en mi Face, comenta que David fue en los setenta su ejemplo a seguir para abrir lo que yo llamo las puertas de la percepción erótica. Aplausos por ello.

Una serie de sentimientos, evocaciones y melodías se acumulan en mí mientras suena "Thursday's Child". Me gusta pensar que habrá más David Bowies en el mundo que me sorprendan antes de mi propia partida, pero aún no los encuentro. No con ese abanico de talentos, no con esa apabullante capacidad camaleónica de transformarse a cada rato y —de las cosas que más me gustaban de él— esa humildad que lo llevaba a trabajar con personajes sumamente talentosos que despuntaron, en buena medida gracias a él, hacia la eternidad. Era un cazatalentos innato, un reclutador sin envidias que sabía compartir lo suyo (incluso a su Angie).

Murió a los 69 años. Hasta eso supo hacer David Bowie, my love, my prettiest star, en el número preciso.

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