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Adiós a Miyazaki

Miyazaki
(Apache Pirata)

PEPE EL TORO ES INOCENTE
JAIRO CALIXTO ALBARRÁN

Al avanzar de manera meteórica por la rampa circular del Museo Guggenheim de la 5ª Avenida de Nueva York, empalagado de turismo y buenas noches, desprovisto de expectativas, me topé de frente con los futuristas italianos que eran homenajeados por todo lo alto en aquel recinto atiborrado de hipsters, aspirantes a hipsters, todos ellos acompañados de su mamá. Aquel movimiento de la hipérbole de los nuevos mecanismos, las estructuras aerodinámicas y el alucine poético del diseño industrial (aunque de su manifiesto resalta su exaltación de la lujuria como vehículo de las transformaciones sociales y principal fuente de desmitificación del hombre alienado), que constaba de metálica poesía hecha con los materiales de bólidos y artefactos, textos abrasadores en sus afanes revolucionarios, pintura salvaje y escultura subversiva, parecían alimentar el ánimo de la última película del maestro Hayao Miyazaki, al que vengo deconstruyendo desde el día que anunció su retiro y se precipitara el probable fin de los Estudios Ghibli, donde construyó la otra mitología del anime japonés. En el homenaje que Miyazaki rinde a los ingenieros que diseñaron el avión Casa nipón, el terror del Pacífico, el Zero, hay mucho del futurismo azzurrique veía más belleza en un motor de combustión interna que en la Victoria de Samotracia. La delicada filigrana narrativa que Miyazaki coloca en ese filme donde la estética, el funcionalismo, la arquitectura y la aerodinámica no pude ser más conmovedora. En medio de un conflicto militar, frente a la paranoia y el espíritu armamentista, obligado por la patria del Sol naciente a crear lo más aguerridos y temibles artefactos para la destrucción, este ingeniero es capaz de imprimirle a su creación una belleza y vitalidad que solo Marinetti y sus secuaces pudieron haber comprendido a cabalidad. 

Y es que las criaturas, los seres, las escenografías en las animaciones de Miyazaki provienen de la más exaltada imaginación, de las iconografías de las leyendas japonesas, del folclor y la oralidad histórica poblada de fantasmas; también de la admiración de las máquinas y sus posibilidades fantásticas; del conocimiento científico a la exaltación de las tecnologías que se entrelazan con los esperpentos, la magia y las puertas de la percepción.

Ahora que se despide Miyazaki no puedo sino recordar que no fue hasta la Palma de Oro en Cannes por El viaje de Shihiro que se le comenzó a rendir culto en México. La feligresía hacía filas en la Cineteca o hurgaba entre la piratería en busca de sus obras clonadas que no tenían cabida en los conductos oficiales, quizá debido a su nula relación con el universo disneyano y la complejidad de sus estructuras visual es y narrativas. Luego llegaría extrañamente por Cartoon Network en una tarde de domingo en que en un zapeo sin sentido apareció Shihiro y mi pequeña hija se prendió de ella. Algo extraño si pensamos que la propuesta de Miyazaki escapaba a toda la iconografía de la que se había alimentado y las historias, en verdad, estaban en una dimensión diferente a las que estaba acostumbrada. Supongo que eso pasó con todo ese público infantil que se quedó hipnotizado al contemplar la insólita gama de personajes, de coloraciones inesperadas, de  errabundas metáforas y delicadas filigranas fílmicas salpicadas de emociones melodramáticas, sabiduría para dosificar la tragedia bíblica y refrescantes deslices humorísticos.

  Y desde ese momento he dedicado buena parte de mi vida, al igual que muchos otros padres, a rastrear por doquier esa filmografía Gohbli para alimentar las pasiones desatadas entre nuestros febriles hijos por el arte nipón del anime. Algo que debe ser producto de la genética: mi generación vivió con tal intensidad cierta época dorada que, probablemente en un acto inconsciente del sistema, fuimos educados por la animación japonesa. Horas frente a la nana televisiva expuestos a la manga iniciática, a la cultura del monstruo nada filantrópico, las catarsis fundamentales y del héroe melancólico. Sometido al rigor de la extirpación de los ojos rasgados y la proliferación de los ojos como platos. Eran monstruos y robots, temperaturas y castigos, la exacerbación de la cámara lenta, el homenaje al periplo sin brújula ni sextante; seres emblemáticos y urgidos, provistos de cabelleras imposibles y destinos míticos que se hablaban de tú con el destino manifiesto y la historia, enemigos de los antihéroes que les dieron patria y amigos de la grandilocuencia anclada al deseo inaplazable de construir un futuro más fuerte y mejor.

Esos nipones de la posguerra, atormentados por la bomba atómica, descontrolados por su pasado samurai, constructores de futuro, visionarios inmunes al pesimismo, también se reconocen como forjadores de quimeras hambrientas de Apocalipsis.

Por eso supongo que la factoría Miyazaki  se nos incrustó idiosincráticamente como alien en el Ecuador del cuerpo, porque nos atragantamos de ultramanes y godzillas, astroboys y patrullas oceánicas; ambicionamos una niñera como la mágica Cometa y un padre que se trocara en nave espacial como Goldar. Porque conmovió más Candy, Candy que Mundo de juguete. Ellos documentaron nuestra imaginación pero también el decidido entramado de nuestras pesadillas. Grandes lecciones filosóficas y de estilo de vida recibimos de aquellos profetas coloridos de boca retorcida y mirada poblada de dudosos presagios.

Luego, desde su portaaviones, los nipones nos mandaron culebrones kamikaze con heroínas rocambolescas y cursis, dispersas en escenografías de color azul pastel. Un interminable elenco de personajes sufridos, telenoveleros que fundaron toda estirpe de mexicanos apegados a su educación sentimental no precisamente antidisneyana. Quizá la diferencia es que mientras las princesas de Disney dejaban que otros resolvieran sus entuertos, las heroínas japonesas sudaban la gota gorda para estar a la altura de sus expectativas: saber de artes marciales, tener movilidad gimnástica y un corazón capaz de re armarse cada vez que era roto.

Ya luego llegaron los dragonballs, los mazingerzetas y pokemones, toda una turba que fue acusada de  pervertir a los espectadores.

Miyazaki también fue señalado por la falta de complacencia y happy endings de sus historias, la nula banalidad de sus personajes y la imaginería desbordada que lo precede, en la que se inoculan ciertas formas de crueldad, tan inherente a los humanos.

Una filmografía deslumbrante y amada porque en su conjunto representa un viaje más intrincado que el de Chihiro, más epopéyico que las aventuras de Cagliostro, más íntimo que el Ponyo, más atormentado y energético que el del Castillo vagabundo, más apegado a la naturaleza brava de las metamorfosis de la princesa Mononoke y, de suyo, más entrañable que el de mi vecino Totoro.

Al final Miyazaki se aventuró en una provocación con su última película, El viento se le levanta, cuya belleza superlativa y elevación poética de los aviones, guiño feroz a los sueños de futurismo italiano, que se ensombreció con las acusaciones de los coreanos de exaltar con su homenaje al Casa Zero, en cuyo vientre volaban los suicidas, el espíritu bélico nipón.

Lo de Hayo era otra cosa, era hablar del interior de las cosas, de los artefactos revolucionarios y el motor que, con sus maravillas, mueve el corazón heroico de las personas.



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