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41 años de Black Flag

Ni los Ramones, The Damed, Sex Pistols o The Clash, antihéroes destacados de la anarquía musicalizada, fueron tan perseguidos por la policía como Black Flag.
Ni los Ramones, The Damed, Sex Pistols o The Clash, antihéroes destacados de la anarquía musicalizada, fueron tan perseguidos por la policía como Black Flag. (Especial)

EL ÁNGEL EXTERMINADOR

Wenceslao Bruciaga

@wencesbay


Si tomamos en cuenta que fue en 1976 cuando Ginn conoció a un desmadroso y cogelón Keith Morris, podemos decir que en 2016 se cumplieron 40 años de Black Flag.


Dos ombligos del mundo parieron esa invitación a la destrucción de un futuro en ruinas: Nueva York y Londres. Pero en la historia del punk hubo otro pueblo que también vio la fecundación entre la desengaño y las guitarras sin escuela, marinada en una geoestratégica cólera psicópata: Hermosa Beach, California, 30 km al sur de Los Ángeles, cuyo ostracismo era más asfixiante que la criminalidad de La Gran Manzana y su nada despreciable premio de consolación: los extremos de glamour y decadencia, donde además, en los setenta, el arte brotaba hasta por las alcantarillas; porque en la opresión del proletariado británico, al menos los ingleses tenían una reina a la cual mentarle la madre.

Pero Hermosa Beach era un deshuesadero de almas, y quienes más padecieron la sofocación y el conformismo de una clase media condenada a la sobrevivencia consumista, fueron los jóvenes, sin muchas opciones aparte de surfear y ponerse hasta la madre: “Black Flag, como muchos de esos grupos, tocaban para la gente que se sentía dejada de lado, marginada por la realidad… sé que las leyes no significan una mierda para mí porque no soporto la hipocresía que las mantiene unidas. Así que uno de nuestros principales gritos de guerra fue, ¡chingue su madre, a divertirse!” recuerda Henry Rollins, uno de los tantos vocalistas de Black Flag, el más carismático, combativo, egocéntrico y de inteligencia brutal.

El "No Future" también discrimina: la diversión del aniquilamiento

Ni los Ramones, The Damed, Sex Pistols o The Clash, antihéroes destacados de la anarquía musicalizada, fueron tan perseguidos por la policía como Black Flag, fundada por un desgarbado y solitario Greg Ginn, adolescente hijo de un profesor que apenas si ganaba lo suficiente como para medio mimetizarse con la clase media californiana, predominantemente blanca. En Spray pint the walls: The story of Black Flag , de Stevie Chick, Ginn recuerda que su padre solía pensar que la ropa de las tiendas del Ejército de Salvación eran caras. Apenas tuvo la edad suficiente, montó un negocio, SST (Solid State Turners), que consistía en la venta por correo de equipos de radio de la Segunda Guerra Mundial alterados para los radioaficionados de los setenta (su hobbie consentido), mientras escuchaba el American Gothic, de David Ackles, un oscuro disco de folk.

Hasta que leyó una nota en el Village Voice sobre algo llamado punk que se tocaba en el CBGB de Nueva York y su cerebro sufrió un descalabro imaginativo del cual nunca pudo recuperarse: “Para mí, el punk rock era una forma de romper con la conformidad que existía… y ver a los Ramones fue como recibir un subidón de anfetaminas. Pero cuando decidí formar una banda, mi idea era llevar el sonido de los Ramones un poco más lejos” recuerda Greg Ginn.

En los primeros años, Ginn y Keith Morris, a quién conoció en el desmadre, ensayaron y ofrecieron sus primeros conciertos bajo el nombre de Panic, comenzó una leyenda de rabia, juventud, chingadazos y rechazo, porque nadie, ni The Masque, el mítico club punk de excelencia de Los Ángeles, quería contratar a Panic pues los consideraban veloces y ruidosos en extremo, como un ejército conformado por Black Sabbath, MC5 y Stooges con cuernos de chivo y, aunque suene absurdo, su imagen de playa y bronceado, más bien deportiva, de surfistas descuidados, no era lo suficientemente punk como para avalar un póster. Pareciera como si el punk se convirtiera en un portafolio de moda en tiempo récord y en Hermosa Beach no había tiendas que ofrecieran chamarras de cuero y demás accesorios para imitar el estilo Ramones. Los Panic eran discriminados hasta por los mismos punks: “Desde entonces, nuestra declaración de principios fue que seríamos ruidosos e incendiarios. Íbamos a pasarlo bien y no seríamos como nada que hubieras escuchado antes… como los Ramones, solo que nosotros íbamos en serio” dice Keith Morris.

La marginalidad fue lo que moldeó la furia de Panic, muy negligente según los que gustaban de Genesis, y muy playeros y metaleros (Ginn se declara un fan diabólico de Greatful Dead) y pasados de verga para los supuestos punks de cepa orgullosos del DIY (Hazlo tú mismo) pret-a-porter y el No Future elitista.

Una furia tan honesta que cautivó a varios que terminaron uniéndose a las filas de la banda de Ginn y Morris, inadaptados como Chuck Dukowski, inmigrantes como Robo Valverde, Dez Cadena, chicas como Kira Roesler y un joven Henry Rollins, cuya historia de abusos sexuales, sensibilidad y educación militar terminó por acaparar la imagen de la banda. Tuvieron que cambiar su nombre pues había un grupo llamándose igual. Raymond Pettibon, hermano menor de Greg, trastornado ilustrador fue quien sugirió el nombre de Black Flag, también diseñó la hoy mítica bandera negra compuesta por cuatros líneas verticales y alteradas y dibujó todas los volantes y portadas siguientes de Black Flag, además de la ultrafamosa caricatura del Goo de Sonic Youth, por lo que se convirtió en el paisajista oficial del rock underground de los Estados Unidos de los ochenta.

Se las arreglaron para ofrecer toquines en sitios impensables, como patios caseros, salones en iglesias o la mitad de un parque familiar, donde empezó la guerra con la policía, pues con su rock límite y confrontativo asaltaban picnics compuestos por esos padres y madres perfectos de comercial de cereal y sus pequeños críos rubios: “Allí es donde desarrollamos la idea de tocar el máximo número de canciones en el menor tiempo posible, porque era prácticamente como un reloj, podías tocar unos 20 minutos antes de que se presentara la policía. Así pues, sabíamos que disponíamos de poco tiempo: no hagas nada de ruido hasta que empieces a tocar y entonces toca fuerte hasta que aparezcan”, recuerda Ginn mientras analiza la naturaleza del punk hardcore y sus canciones de menos de un minuto. La policía los odiaba y Black Flag odiaba a la policía, no había concierto sin un ejército de patrullas ansiosos por arruinar la diversión; Pettibond empezó a dibujar provocadores carteles para anunciar los conciertos de Black Flag, como el legendario cuadro de un policía chupando el cañón de una pistola mientras alguien grita: “¡Ahora hazme venir puto!”, mientras sus seguidores no dudaba en defender su derecho al hardcore a punta de chingadazos y si algo les había dado tanto tiempo perdido surfeando, eran buenos músculos.

Ginn retomó el nombre de su negocio y fundó SST Records para editar en segregada independencia la discografía de Black Flag como Damage, documento precursor que fundó, no solo el punk-hardcore, sino la autogestión como industria del rock subterráneo. SST grabó a bandas que definieron buena parte de lo que hoy conocemos como rock alternativo, como Husker Du, Sonic Youth o Dinosaur Jr.

Pareciera una broma pesada que entre olas, sol, pectorales y borracheras, surgiera la banda de punk con más huevos de su historia: Black Flag, un ferrocarril kamikaze a punto de estrellarse con una muralla de concreto gris. Los padres del hardcore, lo que el punk siempre debió ser.

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