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Lunes , 10.12.2018 / 00:41 Hoy

20 años del ‘¿Dónde jugarán las niñas?’

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EL ÁNGEL EXTERMINADOR

Wenceslao Bruciaga

@distorsiongay


El disco de Molotov que alteró los paradigmas del rock mexicano cumple dos décadas.

Aun sin escucharlo, el título ya vaticinaba adrenalina, hormona, desmadre e intimidación, como esos impulsivos empujones al hombro, buscar pleito para pasar el rato y confrontar y no dejar que el cerebro se fermente en un estado de cobarde confort, hormonal bravuconería, muy de los adolescentes, como los cuatro integrantes de Molotov en esa época: reafirmar al idolillo malcriado llamado ego. Muchísimos fuimos los que nos deleitamos con esa bravata deliberada, ¿Dónde jugarán las niñas?, tirito cantado a los pelmazos poshippies de insoportable soberbia moral ecologista: Maná. Dijeron que el nombre debut era una parodia, una burla al tercer álbum de la banda jalisciense, pero solo para salir del paso, contener el arguende que se expandía como bomba nuclear.

Y la portada: el cuerpo de una morra de cabeza anónima, tumbada en la parte trasera de un auto, portando el uniforme obligatorio de las escuelas secundarias chilangas pertenecientes al sistema público: suéter verde patria, blusa blanca de popelina, esa icónica falda gris con sus cuadriculado Príncipe de Gales en distintas tonalidades de verdes y las pantaletas atoradas en las rodillas, a punto de desvanecerse con las tobilleras, una clara insinuación de calentura inapropiada, susceptible a las interpretaciones, incluyendo las ofendidas; de haber debutado en estos días, en los que la inquisición de lo políticamente correcto tipifica el humor manchado como delito en su modalidad de normalización de la violencia, la carátula ya estaría ardiendo en la hoguera.

Después sabríamos que la famosa chica de la portada de Molotov era una auténtica estudiante de secundaria: Ana La pecas Bidart, y que los Molotov mismos salieron a vender su lanzamiento a las calles y en tan solo cuatro horas agotaron 3 mil copias.

VOTO LATINO Y CHINGA TU MADRE…

En 1997, el entonces Distrito Federal vivía, por increíble y patético que parezca, su primer proceso democrático, votando para elegir al regente capitalino. Cuauhtémoc Cárdenas se erigía como el primer alcalde de la alternancia y aunque la esperanza parecía medio alumbrar el túnel al final del milenio, la fama de los policías seguía empantanada y los tristemente célebres judas eran más temidos que los delincuentes.

Cuando Voto Latino de Molotov irrumpió en la MTV de 1997, nuestros miedos al sistema policiaco cobraron sentido entre humor negro y colores pasteles. La letra era un spanglish contra el racismo de los gringos hacia los mexicanos y los latinos en general.

Molotov estallaba como no se había visto en el rock mexicano, con un disco producido por Gustavo Santaolalla, cuya perspicacia definiría el sonido del rock latinoamericano de los 90. Sonaba a resorte de hip hop en castellano, 100 por ciento mexicano. Las comparaciones son fastidiosas, pero no teníamos escapatoria: eran nuestros Rage Against the Machine.

Las letras, holgazanas y groseras, desataron fascinación y polémica mojigata. Casi nunca se había escuchado tal extremo de insolencias. No es que fueran pioneros en las palabrotas que ponían los pelos de punta a nuestras jefecitas, pero probablemente si eran los primeros que cantaban como nuestros camaradas de la cuadra con los que echábamos caguamas en las aceras, cuando discutíamos de política, corrupción, manipulación e injusticia con el arrojo e ingenuidad propia de los adolescentes, sin elipsis densas ni vocabularios elevados. Que había misoginia hormonal, no cabía la menor duda: eran versos rencorosos, crueles y machistas contra las chicas. Hablaban de sida y le mentaban la madre a Paulina Rubio y Televisa. Cierto que después cayeron en contradicciones, pero eso sí: nunca dejaron de divertirse.

No obstante, el sencillo que más ámpula levantó fue el que no titubeó en salir a la radio con el nombre de “Puto”. Los Molotov tuvieron que pelear con el estigma de homofóbicos, se concretaban a decir, firmes, que ellos no eran homofóbicos, pero tampoco insistían casi suplicando aprobación. Si a los detractores esas palabras no les resultaba suficientes, era su pedo. Existen activistas que en el fondo quieren someter, en lugar de convencer. La revancha de los ofendidos. Ahí fue cuando Molotov se ganó mi corazón.

A los que acusaron y siguen acusando a Molotov de homofóbicos se les olvida que ellos sueltan madrazos parejo, hasta a ellos mismos. En México, el activismo gay nunca ha sabido negociar con el humor y se hace bolas con el respeto y la sublimación de la vulnerabilidad; confunden autocrítica con homofobia internalizada.

Esa capacidad de autoflagelo y fiesta, de escandalizar tanto a conservadores como liberales progresistas, fue lo que hizo del ¿Dónde jugarán las niñas? un disco de inflexión en la historia del rock mexicano.

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