La historia de dos niños que jugaban a ser eternos

En el libro, Rafael Pérez Gay relata los últimos meses de vida de su hermano.
En el libro, Rafael Pérez Gay relata los últimos meses de vida de su hermano. (Alejandra Pantoja)

(Jesús Alejo Santiago)

Hay emociones que no encuentran salida de forma directa, resulta necesario transformarlas. Eso quiso hacer Rafael Pérez Gay cuando encontró una manera de darle sentido a los apuntes que había tomado durante los últimos meses de vida de su hermano, José María Pérez Gay, a través del libro El cerebro de mi hermano (Seix Barral, 2013).

Se trata de lo que el mismo escritor define como un episodio duro, triste, el relato verdadero “de la enfermedad progresiva y mortal de mi hermano por un padecimiento neurológico”, para el cual sentía un deber moral y literario, “porque mi hermano y yo fuimos muy buenos amigos literarios, montamos una amistad que duró muchos años, de modo que este informe negro tenía que escribirlo ya”.

“Siempre que uno escribe se va conociendo a sí mismo, mucho más si cuando escribe es sobre una persona cercana y donde los personajes son como se llaman: José María Pérez Gay, Rafael Pérez Gay… los amigos se llaman como se llaman, hay un proceso emocional por el cual pasé mientras escribía el libro.

“Pero también es importante que cuando escribes no te conmuevas tanto: está bien que conmuevas al lector, pero uno tiene que conmoverse menos para ser dueño de los instrumentos que pueden convertir a ese relato en literatura, en periodismo o en testimonio.”

Un libro que es más una crónica, el testimonio de aquellos días, con la idea de despedir definitivamente a su hermano, si bien el resultado no fue tal, sino todo lo contrario: lo empezó a mantener vivo, “hasta que me di cuenta que todo se va asentando en esa forma del adiós que es la memoria”.

“En la entrada de Fervor de Buenos Aires, Borges dice: ‘quiero hacer una confesión a la vez íntima y general, porque lo que le pasa a un hombre le pasa a todos los hombres’. Esa puede ser la definición de un libro como éste”, destacó Rafael Pérez Gay.

El cerebro de mi hermano apuesta por convertirse también en un ejercicio de memoria, de la enfermedad y de la muerte, si bien Rafael Pérez Gay sabe que también es un homenaje a su hermano, con quien se distanció un tiempo por diferencias políticas y al final se reencontraron.

“Cuento ahí que no sabía qué prefería: que estuviera completamente perdido o que una parte de él estuviera con nosotros. Había preferido no escribir el relato, pero las cosas son como tiene que ser.”

Lo más importante, explica Rafael, es que su hermano estuvo a la altura de su destino; mientras  en la parte más íntima, él mismo se quitó de encima una parte del dolor, al poner por encima de todas las cosas, la hermandad y la memoria.

“En algún momento me preguntaban qué había dicho mi hermano si hubiera leído el relato. Seguramente me habría dicho: ‘¿todo eso que cuentas ahí es verdad?’ le habría dicho sí y muy probablemente me habría contestado ‘carajo, cuántas cosas pasaron. Eso quiere decir que hemos sido buenos hermanos’.”


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