José Luis Martínez S.El Santo OficioEn 1986, en una ciudad en escombros por los sismos del 85, hicieron su aparición los cartujos, en un principio un grupo de cinco amigos reporteros dispuestos a compartir información y ganarse unos pesos para el café de cada noche con una columna llamada “Picota”, firmada por El Santo Oficio, en el periódico Ovaciones. Las deserciones comenzaron muy pronto y cuando ese mismo año la columna comenzó a publicarse en la revista Diva, el monje ya estaba solo. Desde entonces ha sido un largo peregrinar por los periódicos Esto, El Sol de México, El Nacional y La Crónica de Hoy, la agencia informativa Notimex y las revistas Etcétera y Milenio Semanal, a donde llegó en el 2000 por invitación de Andrés Ruiz y Horacio Castellanos y en la cual permanece. Con fundados temores, hace ahora su primera incursión en el universo insólito de los blogs, en donde espera contar con la bendición de Dios y la complicidad de sus cinco queridos lectores.
Así sea
Espejo de mudanzas
El cartujo se encierra a piedra y lodo en su humilde celda; nada ni nadie lo perturba, no escucha sino el suave pasar de las hojas de un libro tan gordo como deslumbrante y sus propios suspiros, inevitables conforme transcurre la lectura y surgen los recuerdos.
En defensa de la noche
El cartujo no duerme, o lo hace muy pocas veces. En la madrugada puede vérsele arrastrando la sotana por las calles de la Ciudad de México o de otros lugares a donde su corazón lo lleva. Camina, no corre, como aconseja la vieja canción de The Ventures.
Nostalgia compartida
Los golpes en el pecho cimbran al cartujo; el dolor es grande, pero la culpa más. Lamenta un olvido y la ingratitud implícita en él. Ha sido necio —como las vírgenes de la bíblica parábola— y se arrepiente y sufre; hace penitencia y pide perdón.
Las ciudades
Impaciente, en un rincón de El Gallo de Oro el cartujo espera a quienes Rafael Pérez Gay llama El Grupo, unos cuantos amigos unidos, entre otras cosas, por la querencia a la Ciudad de México.
Heterodoxias
Aterido, el cartujo mira despuntar el año. Tiene frío y está triste: el viernes lo despertó una mala noticia y la nostalgia se le vino encima, recordó a una hermosa mujer de ojos verdes y pródiga sonrisa, y un nudo se le atravesó en la garganta.
Los relámpagos de invierno
Por sus constantes peregrinaciones al norte del país, el cartujo se acostumbró al desierto y a la carne asada, a la franqueza implacable de la gente, a las risas sin freno, al afecto sin reservas, al bajo sexto y al acordeón y, desde luego, a las canciones del Piporro.
Historias de terror
En silencio, perturbado, triste, el cartujo camina de prisa. Quiere olvidar las imágenes terribles, las historias dramáticas, las ilusiones perdidas de quienes viven en una realidad salvaje. Quiere volver al monasterio, encerrarse en su celda, y olvidar. Pero no puede.
Acariciar lo imposible
Perseguido sin piedad por los demonios del insomnio, en la madrugada el cartujo abandona su pobre posada para salir al mundo de las sombras en una ciudad donde, como él, muchos otros desconocen el sueño y vagan de un lado para otro fraguando o protagonizando historias inimaginables.
Noches profanas
Nadie sale indemne de los recuerdos, de los zarpazos de la memoria. Menos aún cuando llegan como torrente con noticias, imágenes, reencuentros, canciones, cuando encueran al corazón y lo empujan al despeñadero de la nostalgia.

