José Luis Martínez S.El Santo OficioEn 1986, en una ciudad en escombros por los sismos del 85, hicieron su aparición los cartujos, en un principio un grupo de cinco amigos reporteros dispuestos a compartir información y ganarse unos pesos para el café de cada noche con una columna llamada “Picota”, firmada por El Santo Oficio, en el periódico Ovaciones. Las deserciones comenzaron muy pronto y cuando ese mismo año la columna comenzó a publicarse en la revista Diva, el monje ya estaba solo. Desde entonces ha sido un largo peregrinar por los periódicos Esto, El Sol de México, El Nacional y La Crónica de Hoy, la agencia informativa Notimex y las revistas Etcétera y Milenio Semanal, a donde llegó en el 2000 por invitación de Andrés Ruiz y Horacio Castellanos y en la cual permanece. Con fundados temores, hace ahora su primera incursión en el universo insólito de los blogs, en donde espera contar con la bendición de Dios y la complicidad de sus cinco queridos lectores.
Así sea
Anacrónicos
El cartujo se cubre la cara con las manos para ocultar su vergüenza, la condena de su anacronismo. Un evangelista de las nuevas tecnologías le explica las ventajas de MySpace, Facebook y Twitter, el privilegio de estar comunicado todo el tiempo con toda la gente, de formar parte de una comunidad virtual, pero él no entiende.
Epístola al cartujo
Las voces interiores del cartujo lo llamaban a la prudencia. Las exteriores, al arrebato. Las segundas doblegaron a las primeras y en su hebdomadaria homilía el susodicho se hizo eco de imputaciones y reclamos contra la directora de Difusión de Bellas Artes, Paloma Ruiz.
«Tijuana Moods»
La música de Charles Mingus resuena en la insignificante celda del cartujo, llenándola de júbilo y recuerdos, también de tristeza. En la victrola gira Tijuana Moods y sus canciones devienen travesía por una ciudad de insospechadas virtudes.
Las damas del jurado
¡Bendito Dios! Los gritos del cartujo trascienden los muros del monasterio, recorren bosques y praderas y selvas y desiertos y ciudades pregonando la inquebrantable voluntad de quienes han decidido proscribir en el arte la indecencia, la imaginación descoyuntada, las flaquezas humanas.
Guardianes de la moral
El cartujo vuelve al monasterio con la música de Habib Koité & Bamada, donde se encuentran y funden los sonidos de nuevos y ancestrales instrumentos, donde la tradición es el punto de partida de una propuesta original y vanguardista.
Y Dios creó a la mujer
En el refectorio, el cartujo, precavido, mira a todos lados; lo tranquilizan la soledad y el silencio. Pero su corazón no se apacigua, menos aún cuando de la alacena toma una botella de vino para llenar una copa, alzarla al cielo y pronunciar un nombre: Brigitte Bardot.
Martirio en el confesionario
En el confesionario, el juicioso cartujo se pregunta: ¿quién diablos es María Isabel Quiñones Gutiérrez? A través de la rejilla su voz lo perturba, lo llena de dudas. ¿Cómo será?, insiste en sus íntimas dubitaciones mientras de lejos llega el sonido de un viejo bolero de la entrañable Emma Elena Valdelamar.
La Suave Patria
Vestido con los colores de la bandera: el hábito rojo, el cordón blanco, las sandalias verdes, el cartujo —una vez más— quebranta las normas de su orden y, con íntimo decoro, se asoma al mundo para atestiguar el tórrido festín de la patria.
