Angélica PonceLos convidados de MinosPeriodista que gusta de contar y que le cuenten historias.
Y ya que hablamos de historias, les diré que la mía no es nada sensacional. No provengo de una familia amante de las corridas de toros. Mucho menos tengo un antecedente cercano. Y mi primer lidia se remonta a hace apenas nueve años. Sin embargo, siempre he admirado el arte y ésta, desde que existe, ha involucrado a los toros de una u otra manera, por lo que era de esperarse que la fiesta brava, un día, reclamara mi atención.
Cuando recibí la invitación para asistir a una corrida no puede negarme, y aún ahora le agradezco infinitamente a aquella persona que me acercó a la fiesta brava, su disposición y las tardes que compartimos.
Si bien una lidia representa una seria polémica, que es por demás inútil, lejos de pretender convencer a la gente sobre el “arte” que encierra una tarde de toros y por qué “deben” existir, mi intención es contarles algunas historias que mucho o poco tiene que ver con el fascinante mundo de los toros. Permitiéndome de vez en vez compartirles algunas de mis otras pasiones, intereses y quehaceres. Sean pues bienvenidos.
El dolor
Dicen los que saben que no hay nada mejor que “entrarle al toro por los cuernos”, así que toca el turno al espinoso tema del dolor. Es imposible negar la existencia de éste en una lidia, y menos suponer que el toro jamás lo experimenta o experimentará (salvo, quizás, en las corridas incruentas).
La oreja de Van Gogh
Dicen que hay amores que matan y admiraciones que mutilan, y en la provincia francesa de Arles, en el abril de 1888, su fiesta brava cautivaba el corazón y los pinceles de Vincent van Gogh, quien en un lienzo de 73 x 92 centímetros pintaría su plaza de toros, apenas en diciembre de ese mismo año.
Los toros de Bukowski
Con arrabalescos escenarios transcritos de sus realidades, Charles Bukowski se dedicó a exorcizar sus demonios, dándoles el carácter de sórdidas divinidades cuya mayor belleza y cualidades radicaban en la propia decadencia.
Sin Manolete
Si la bruja de Blair existiera ¿cuál sería su maldición fílmica?
Seguramente, que aquella cinta que intentara seguir los pasos mercantiles The Blair Witch Project antes de su estreno, creando toda una atmósfera de expectativa taquillera, fuera condenada a permanecer en la oscuridad, enlatada.
¿Discriminación?
Ahora que vivimos en el mundo de lo políticamente correcto, en el que llamar negros a los negros, gordos a los gordos o discapacitados a los discapacitados es sinónimo de racismo o discriminación, por llegar a los extremos, qué tal el panorama con las cuestiones de género, cuando se aduce que una mujer no es lo suficientemente diestra para desempeñar un trabajo.
